MIRAR ATRÁ S

 

Réplica a un article de Wenley Palacios aparegut al diari "Mediterráneo" l'11 de desembre de 2006. Enviats varies vegades al periòdic el escrit no ha sigut publicat.

 
 

Tomé la primera comunión vestido de marinero hace muchos años en el viejo convento que hay a las afueras de Castellón, junto al camino de la romería. Mi tío, un carmelita con autoridad que se fotografiaba junto al pretendiente carlista en mansiones con mucho césped, fue el que me dio la hostia. Era un tío alto, fornido y con un aspecto saludable. El parentesco con el carmelita se lo debo a la familia de mi madre, en la que se plasma una mezcla de personas muy trabajadoras de Almazora y Logroño, naranjas y guindillas picantes. Mi abuelo por parte materna, José Blasco amparó en la capital riojana a varias personas de derechas que al comienzo de la guerra civil huyeron del Castellón republicano ante un riesgo (real) que presentían; también echó una mano a paisanos del otro bando caídos en desgracia. Era un buen hombre. De mi otro abuelo, el paterno, se hablaba mucho en casa. Y de su pasado que, en este caso, era republicano. Bueno, he dicho se hablaba y debería decir se susurraba. Hace muy pocos días, un amigo del Grup de Recerca de la Memoria Histórica –grupo al que pertenezco, pero no hablo en su nombre, sino en el mío propio- me dio a conocer el acta de ingreso en prisión de mi abuelo republicano, que, además, era médico. Mi abuelo Juan Bautista Bellido Tirado fue encarcelado el día 16 de junio de 1938; apenas dos días después de la “liberación” esta ciudad. Era entonces Decano del Hospital Provincial, la institución médica de mayor entidad de la provincia. Como Decano del hospital fue requerido para organizar el servicio médico sanitario de la provincia en tiempos de guerra. Y así lo hizo, cumpliendo con su deber. Pero ya he dicho que fue detenido, sometido a Juicio de Guerra Sumarísimo y condenado a “reclusión perpetua por delito de adhesión a la rebelión” el 9 de julio de 1938, apenas 3 semanas después. No se puede decir que la justicia (?) fuese lenta... De manera que partió enseguida hacia un bonito destino, a la cárcel de Torrero, en Zaragoza, a los 60 años, para pasar unos cuantos inviernos muy agradables y convenientes para su salud. Desde una celda infame y húmeda escribió estas líneas a su hija Pepita: “Veo que estáis abandonados (y esta es mi mayor pena, y la que más siento) incluso por los que a mi lado medraron y ahora disfrutan de mi ausencia con un marcado interés en que no vuelva, aún mayor que el que tuvieron para encarcelarme. Confío en que la justicia ha de resplandecer y a mí en persona o a mi memoria se honrará cual merece”. Dado que no había, en realidad, sustancia para la condena, fue indultado en 1946; pero, a pesar de que lo solicitó reiteradamente, murió sin ser readmitido en el Hospital Provincial, donde hoy no queda ni rastro de sus casi 33 años de servicio en los mejores tiempos de aquella institución prestigiosa y única en la provincia.

Mis abuelos se llevaron bien. Y desde luego que el caso de mi abuelo republicano no es único, lamentablemente; y los hay de más dolorosos. Lo expongo porque es “mi caso”. Y ahora a lo que voy. Un señor que no conozco, llamado Wenley Palacios, escribió el lunes pasado en este diario que cuando las tropas del general Aranda entraron en Castellón no hubo represalias sobre republicanos. Las hubo señor Wenley, las hubo. Y no precisamente por descontrolados, sino por los militares y jueces golpistas absolutamente controlados que seguían un plan, unas órdenes oficiales de exterminio. Desconozco si es usted un franquista lunático o miente por alguna razón encubierta, o ambas cosas. Pero miente y se queda tan pancho. En su calamitoso artículo, taraceado de falsedades como la mencionada y otras burradas, se aprecia, además, la mano rencorosa de un literato de pacotilla. Se aprecia la hipocresía del que acomete contra Stalin y Hitler e ignora al cercano Franco. Recuerde, sin embargo, el brazo alzado como saludan los nazis, los fascistas, los franquistas y los que despiden hoy a Pinochet. Es el gesto del denostado Hitler. Ahora bien, es igual al saludo de los que acompañaron al general Aranda en su entrada aquí en 1938. Hay fotos, pero si quiere también lo puede negar. Enfatiza usted, además, el lugar común de los franquistas o simplemente los desinformados: dicen que en los dos bandos hubo sangre inocente cruelmente derramada, cosa que es verdad, incluso gustan de adentrarse en estúpidas y macabras contabilidades, con especial atención a las sotanas, como si fueran en ese trance cosa distinta a la ropa civil. Y ahí paran. Silencian otra verdad de rango diferente, de trascendencia enorme. Esas atrocidades en ambos bandos fueron un hecho real pero cuantitativa y cualitativamente diferentes. Fueron combatidas, sí combatidas, por el gobierno republicano y fomentadas, sí fomentadas, por el bando llamado nacional, que las prolongó con saña e impiedad sobre los vencidos en la larga postguerra, mientras el Generalísimo, custodiado por musulmanes, se paseaba bajo palio católico sin que chistara nadie. ¿Por qué no dice todo eso? Supongo que se amparará en los pseudohistoriadores que ahora propalan necedades de todo tipo para justificar a aquella turba adinerada, eclesial y cerril que a tiros derrocó al gobierno español democrático. Dejen de meter cizaña. Interesarse por la historia reciente de este país y facilitar la recuperación y expresión de una memoria reprimida no es malo, es necesario, no le demos vueltas. Podemos convivir si al mirar hacia atrás, no solo miramos, sino que vemos lo que hubo. Relea el párrafo escrito por aquel abuelo que aun encarcelado confiaba en la justicia, y –¿pidiendo lo imposible?- piense.  

 

 

Juan Bautista Bellido Blasco
Diciembre de  2006